miércoles, 4 de junio de 2014

Obsolescencia por iniciativa propia


Me sorprende seguir leyendo artículos de autores indignados al conocer la existencia de la obsolescencia programada o planificada, una de las bases del capitalismo y que el propio sistema nunca ha intentado ocultar. Hemos sido más bien los ciudadanos quienes no lo hemos querido saber y tampoco hemos dudado a la hora de aplicar nuestro propio plan de obsolescencia de los productos…

Todos recordamos el impacto que tuvo aquel documental titulado Comprar, tirar, comprar, que “mostraba al mundo” la existencia de la obsolescencia programada, como si hubiera destapado una trama de espionaje entre gobiernos. Con el ejemplo de las bombillas a las que acortaron su duración y la impresora que tiene un límite de impresiones, no se estaba definiendo más que uno de los fundamentos del sistema que gobierna el Primer Mundo: el consumismo.

Esta técnica de la obsolescencia planificada se basa en determinar la duración de los productos de consumo, en especial los eléctricos y electrónicos, para obligar al comprador a hacerse con uno nuevo pasado un tiempo, previamente establecido a su conveniencia por el fabricante. Bajo esa premisa nació el consumismo y así me lo explicaron en primero de carrera.

Recuerdo la indignación de la gente al saber del documental y de esta táctica de negocio y mi estupefacción porque algunos de ellos no solo no lo supieran, sino que ni lo intuían. Entiendo que puede ser una teoría poco extendida, pero de ahí a quedarse de piedra por lo que en el documental se muestra, hay un abismo.

Pretender demonizar al capitalismo por esta práctica me parece absurdo. El sistema es el que es y el problema no viene de su funcionamiento sino de los ciudadanos que no se han molestado en conocerlo. El consumismo era bonito en la segunda mitad del siglo XX, porque era la moda, marcaba la clase social y alejaba de esos locos que hablaban de medio ambiente.

Nadie se preocupaba por sus consecuencias. Ahora, cuando el consumismo está tan arraigado y los problemas ambientales son críticos, muchas personas se echan las manos a la cabeza mientras siguen pensando que su teléfono móvil es antiguo porque tiene un año de vida y han aparecido varios modelos nuevos desde entonces.

El capitalismo utiliza diversas tácticas para obligarnos a consumir y la obsolescencia programada solo es una de ellas. Su especialidad es crear una necesidad donde realmente no la hay, que por supuesto debe ser cubierta por el producto estrella. Así triunfaron los ordenadores portátiles, los teléfonos móviles, los reproductores portátiles (en general) y, más recientemente, las tabletas. ¿Pensáis que estos objetos realmente sí son necesarios? Eso es porque el sistema hace muy bien su labor.

La propia moda es una herramienta más del capitalismo para obligarnos a consumir, por eso ahora se vuelven a llevar las enormes gafas de pasta de los ochenta y cada año se determina un color para vestir. El objetivo no es otro que renovar lo más pronto posible el vestuario, tanto de ropa como de complementos.

El consumismo es la principal fuente de ingresos del sistema capitalista y hay que mantenerlo como sea. Obligar a punta de pistola sería antidemocrático, así que se utilizan tácticas sutiles para que el ciudadano medio nunca pare de gastar. Aunque muchas veces no son tan veladas, se lo podéis preguntar a las personas con hijos en edad escolar y los sistemáticos cambios de los libros de texto, que impiden su tradicional herencia.


La mayoría de los problemas graves del planeta tienen una solución muy fácil y a nuestro alcance, pero no queremos aplicarla.


Las consecuencias ambientales no voy a recitarlas ahora, pero sí veo importante recordar las formas de combatir el problema: el reciclaje es fundamental, así como no cambiar un producto por otro nuevo cuando nos lo digan las tendencias, sino cuando creamos que es realmente necesario.

La mayor parte de la obsolescencia la llevamos a cabo por iniciativa propia, mientras nos escandalizamos viendo el famoso documental. Cada poco queremos un móvil nuevo, una tableta mejor, una ropa que no esté pasada de moda, unas gafas como las que están creando tendencia…

El capitalismo se frota las manos al ver lo bien aleccionados que estamos, sustituyendo los productos por otros nuevos antes incluso de lo que su “maléfico” plan había previsto. A eso no se le puede llamar obsolescencia programada. Es, más bien, una obsolescencia consentida u obsolescencia por iniciativa propia. Y es, sin duda, uno de los principales problemas del medio ambiente.